No puedo más…MI HIJO ES UN LLORÓN!

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Por mucho que la pareja haya deseado tener un hijo, su llanto constante y sin motivo aparente que lo justifique puede llevarlos al borde mismo de la desesperación.

Probablemente no hay sonido más desesperante para el oído humano que el vigoroso llanto de un recién nacido. Sobre todo si éste se prolonga, como ocurre en ocasiones y sin motivo aparente, durante horas. Algunos padres viven al borde de un ataque de nervios a causa del continuo llorar de sus hijos, que les impide dormir noche tras noche y los irrita durante el día. “Se crea entonces un círculo vicioso”, explica la pediatra Mercedes Sevilla, “por el que los adultos están cada vez más nerviosos y soportan menos el llanto del bebé, quien a su vez capta el nerviosismo de sus padres y, lejos de tranquilizarse, se desasosiega aún más…”. Puesto que el recién nacido no puede controlar sus reacciones, corresponde a los padres hacerlo en su lugar, lo cual hay que reconocer que no es fácil en el caso de un pequeño llorón.

Pocas cosas resultan tan frus­trantes para los padres como es­cuchar\ impotentes, el vigoro­so llanto de su recién nacido.

Distintas clases de llanto

Cuando el bebé empieza a llorar es habitual que mamá y papá piensen que tiene hambre o que siente algún dolor y, aparentemente, con toda razón. Una de las mayores preocupaciones de los padres en estos primeros momentos de la vida de su hijo es que la leche materna no le alcance o que el niño esté sufriendo de algún dolor y que no se lo pueda calmar. Sin embargo, no siempre que el bebé llora es porque tiene hambre o dolor.

El llanto del bebé -al igual que el gorjeo o cualquier otro sonido que le permite comunicarse- puede ser de dolor, manifestar un estado de ánimo o simplemente solicitar que se lo cambie de lugar porque está aburrido.

Es importante entonces que los papás reconozcan que existen otras causas de llanto. De ese modo, evitarán ponerlo al pecho cuando no sea la hora de comer (una de las causas del fracaso de la lac­tancia) o que la angustia por no descubrir de dónde proce­de el dolor lleve a que se su­me otro motivo de llanto.

¿Qué le pasa?

Cuando el bebé llore habrá que verificar cuál de las múltiples causas es la responsable de que, en esta oportunidad, el bebé esté inquieto. Se podrá comprobar si se ha ensuciado, si es el pis que le molesta (por sentirse mojado o porque le produce ardor en una zona enrojecida), si hace mucho calor y nos olvidamos de sacarle algo de ropa o si, por el contrario, siente frío.

En otros casos, podrá “pedirnos” que encendamos la luz de su habitación porque ya durmió mucho o “solicitar” que la apaguemos o corramos las cortinas porque quiere descansar.

Habrá que evaluar todas aquellas situaciones en las que uno cambiaría espontáneamente o pediría ayuda para hacerlo. Es eso lo que el bebé hace con su llanto: pide que lo ayuden a variar lo que en ese momento lo inquieta.

Después de este recorrido habrá que hacerle upa; en esa situación y con el chupete en la boca (es importante que los bebés lo utilicen) podrán suceder dos cosas: que se tranquilice o que siga llorando.

Ante la primera alternati­va, habrá que respetarle esa necesidad, pese a que surja la consabida pregunta: “¿no se acostumbrará a los brazos?” cuya respuesta es un no ter­minante. En esta primera eta­pa de la vida el bebé necesita estar en brazos del mismo modo que necesita recibir su alimento. Y nadie dudaría en dárselo en el momento que lo demande.

Pero si al estar en brazos con el chupete en la boca el bebé sigue llorando -y ya han pasado más de dos horas des­de la última mamada- hay que ponerlo al pecho: “llegó la hora de comer”.

Como vemos, en lo último que hay que pensar es en que tiene hambre.

Cuando llegan al límite

Ningún padre en su sano juicio gritaría a su bebé o lo sacudiría. Pero, por más que una pareja haya deseado un hijo y por mucho que lo quieran, su llanto constante y sin motivo los puede llevar al borde de la desesperación. La sensación de estar totalmente en manos del bebé, a su servicio, puede desequilibrar a cualquiera. Por eso muchos padres prefieren callarlo: les da vergüenza reconocer que alguna vez han deseado que el bebé nunca hubiese nacido o han llegado, incluso, a mal­tratarlo, aunque sea levemente o de palabra.

En cuanto se tenga el presentimiento de que uno va a explotar, hay que salir de la habitación, respirar 10 veces despacio y expresar lo que se siente.

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